Aceituneras

Recuerdo que, cuando yo era una niña, con los primeros días de diciembre, se animaban las conversaciones en mi pueblo hablando de tajos, cuadrillas y cortijos, calculando los días de campaña y espantando con bromas los rigores del invierno: iba a empezar la aceituna y eso significaba trabajo para muchas familias de pequeños propietarios y una temporada de empleo para muchos jornaleros que les permitiría un alivio en su precaria economía; para los grandes propietarios, algunos ni siquiera vivían en el pueblo, aquello no tendría más importancia que abultar un poco más su cuenta corriente pero, para quienes dependían en gran medida de la aceituna para casar a un hijo o saldar la cuenta en la panadería o la tienda de ultramarinos, el invierno se iluminaba en aquellos días helados, alrededor de los olivos, y recogían con orgullo el fruto de la tierra, aunque fuera tierra de otros.

Empezaba, por lo tanto, una actividad en las casas que no era usual el resto del año y la diferencia venía marcada porque la aceituna era un trabajo, también para las mujeres; no es que el resto del año estuvieran desocupadas pues, en aquellas casas en las que suplían con su dedicación muchas carencias, tenían una jornada a tiempo total pero, en la aceituna, las mujeres salían de casa al mismo tiempo que los hombres porque su trabajo, en el tajo, era tan necesario como el de ellos, aunque ellos iban del campo a sus asuntos y a las mujeres les esperaba, cuando volvían a casa, la segunda jornada de trabajo, con la solidaridad intergeneracional de la abuela que cocía pacientemente el puchero para cuando volvieran la hija o la nuera, o de la niña mayor de la casa que, a veces, tenía que dejar la escuela para convertirse en segunda madre de sus hermanos pequeños. Lavar, fregar, comprar y preparar la talega, y muchas más, eran labores reservadas a las mujeres que habían estado todo el día cogiendo aceituna y después seguían cogiendo platos y otros enseres hasta que fuera necesario. Yo recuerdo, sin embargo, que estaban alegres e imaginaba, por algunos retazos de conversación, sus comentarios jocosos, las bromas que gastaban a las chicas más jóvenes, las confidencias entre ellas… y pienso, tantos años después, en la propaganda oficial del franquismo diciendo que había liberado a las mujeres del campo y la fábrica, cuando sencillamente les estaba negando, entre otros, el derecho al trabajo.

Aquellas mujeres de los años sesenta y setenta, que necesitaban la temporada de aceituna para mitigar la maltrecha situación familiar, que trabajaban sin ninguna relación laboral en pequeñas explotaciones familiares o como jornaleras, que pasaban cuarenta días en un cortijo con toda la familia incluida la niña de dos años, todas ellas se sentían orgullosas de aportar un jornal a la casa, lo mismo que sus maridos. Otra cosa es que lo hicieran en una situación de desigualdad que iba desde el sueldo a la responsabilidad exclusiva del trabajo doméstico, de lo que no tenían mucha conciencia y que es, sin duda, una terrible injusticia…

Han pasado muchos años y, hoy como ayer, la campaña de aceituna es el trabajo que esperan muchas personas dentro y fuera de nuestra provincia, desde mediados de noviembre. Durante todo este tiempo, se ha hablado de los olivos de Jaén en Estrasburgo y en Bruselas, ha cambiado la forma de cultivo, hemos apreciado más que nunca el aceite de oliva y hemos visto cómo ha caído su precio ante la imposición de las multinacionales que controlan el mercado, de lo que son responsables tanto los dirigentes del PSOE como los del Partido Popular. El trabajo en la recolección de la aceituna ha experimentado bastantes cambios: es menos tiempo, se ha mecanizado en parte, está sujeto a convenio en cuanto a jornada y salario… Sin embargo, hay algo que, lejos de cambiar, se ha señalado, por parte del Sindicato UGT como el principal problema en la campaña que acaba ahora: la discriminación de las mujeres. Ellas realizan el mismo trabajo que los hombres en la aceituna, siguen asumiendo más tareas domésticas, participan en las movilizaciones en defensa del aceite de oliva… y son discriminadas a la hora de ser contratadas. Y ellas son las aceituneras de Jaén, corazón de esta provincia que se levanta brava con los versos de Miguel Hernández.

Fdo.: Ana Moreno Soriano.