Orgullo y vergüenza en la política

El yerno del Jefe del Estado acapara titulares en los periódicos imputado por un delito de corrupción y el Presidente del Gobierno es el presidente de un partido sobre el que pesan fundadas sospechas de financiación irregular; él mismo, junto a destacados miembros del Partido Popular, estuvo cobrando un sobresueldo de varios miles de euros, según las cuentas de quien fuera, durante más de veinte años, el tesorero del PP.

Los juglares del Cantar del Cid, viendo a un pueblo que está soportando sobre sus hombros el peso de la crisis del sistema capitalista podrían repetir, después de siglos, “Dios, qué buen vasallo/ si tuviese buen señor”… pero hoy somos ciudadanos y ciudadanas en un estado social y democrático de derecho y podemos, por lo tanto, exigir que los gobernantes elegidos en las urnas afronten, por el bien de la democracia, su responsabilidad política que es previa a cualquier responsabilidad jurídica.

Pobre país el nuestro en el que se escatiman cuatrocientos euros a las personas en paro y se niega el subsidio agrario a quienes no pueden acreditar veinte jornales porque no hay trabajo en el campo, mientras el dinero entra y sale de los bolsillos de unos pocos, viaja a Suiza, vuelve a España con la bendición del Gobierno vía amnistía fiscal y se pone a disposición del capital financiero para crear más dinero, no para crear riqueza, bienes y servicios, bienestar para los mayores y futuro para los jóvenes.

Pobre país el nuestro al que han engañado una y otra vez y presume de no querer saber, de mirar para otro lado mientras espera que escampe aunque sabe que la riada se va a llevar demasiadas cosas…

Pero nos engañaríamos si pensamos que la Historia se escribe en clave de territorios, aunque éstos hayan sido el escenario en el que se han librado las batallas. La Historia es la historia de la lucha de clases y se da en cada pueblo, en cada país, donde al poder del capital se opone el poder del trabajo, donde al derecho de una clase social se opone el derecho de todas las personas a vivir con dignidad.

Desde hace mucho tiempo, los hombres y las mujeres empezaron a organizarse en partidos políticos para avanzar en sus objetivos estratégicos y había partidos que representaban los intereses de los ricos aunque decían que representaban el orden, la familia o la religión, y otros que representaban a los desheredados de la tierra, como diría Máximo Gorki; que sabían que el orden sólo se puede sustentar en la justicia y la paz; que no presumen de los valores familiares pero reparten lo poco que tienen entre tres generaciones; que no hablan de religión, pero su corazón es compasivo.

Sin embargo, la ideología dominante que por supuesto es siempre la ideología de la clase dominante, ha conseguido convencer a una gran mayoría de que todos los partidos políticos son iguales y ha acuñado una expresión perversa, la clase política ,como si todos los políticos pertenecieran a la misma clase, cuando cualquier persona medianamente informada sabe que no es así.

¿Es igual el político que compagina su sueldo vitalicio con un retiro dorado en la empresa privada que el que renuncia a supensión como cargo público? ¿Es igual el que aprueba la reforma laboral que el que la combate y apoya las movilizaciones? ¿Es igual el que defiende a los bancos que el que se posiciona frente a los desahucios? ¿Es igual el que calla y se corrompe que el que presenta iniciativas contra la corrupción? ¿Es igual el que cobra sobresueldos que el que vive de su trabajo y roba tiempo a su descanso para dedicarlo a la tarea pública?

Naturalmente que no son iguales quienes van a la política a medrar, amparados en la ideología capitalista del todo vale para conseguir beneficio y quienes van movidos por su conciencia y sus convicciones. Porque no existe la clase política, sino políticos de distinta clase que defienden intereses distintos y, por eso, de algunos nos sentimos orgullosos, pero otros provocan indignación y vergüenza.

Esa es la diferencia, y reconocerlo, ya es regenerar la democracia.

Fdo.: Ana Moreno Soriano.