Sí se puede

Hace años, en una Asamblea Federal de Izquierda Unida, una compañera, para argumentar la necesidad de construir la alternativa al capitalismo, recordó la experiencia de unas mujeres en un conflicto laboral; ellas habían planteado su lucha desde la convicción sintetizada en la frase “Sí se puede” que significaba afirmación, confianza en la propia fortaleza, determinación y entusiasmo. Yo, que no soy muy partidaria del “se” impersonal porque muchas veces sirve para diluir la responsabilidad de quien lo utiliza, preferí entenderlo según las nociones que recordaba del francés que había aprendido en Bachiller, una primera persona del plural que era un sujeto colectivo, como es el sujeto de la Historia que nos recuerda Bertolt Brecht.

“Sí se puede” es “Sí podemos”, en primera persona del plural, con el  sujeto colectivo que se ensancha y crece con cada ser humano que adquiere conciencia y comprende que es uno más en el objetivo estratégico –y extraordinario- de construir un mundo sin explotación de clase, ni de género, de respeto y armonía con la naturaleza. En los últimos años, esa frase acompaña muchas luchas y se ha convertido en esperanza para muchas personas que, efectivamente, han decidido contar con su fuerza, y con la fuerza de la solidaridad, para oponerse a los abusos del poder.

Ya decíamos en los años noventa que no podía presentarse el potsmodernismo como alternativa al capitalismo, pero muchos habían abandonado los ideales de transformación social y habían sustituido la revolución, la utopía y la ideología por la inmediatez de la gastronomía, la bisutería y la peluquería, como en la canción de Joaquín Sabina. Muchos años de desencanto político, de crecimiento sin desarrollo de los sectores estratégicos de la economía, de confundir valor con éxito y cultura con espectáculo, habían desmovilizado a amplios sectores sociales adormecidos por los cantos de sirena del pensamiento único, pero la crisis del sistema capitalista hizo que éste asomara su rostro implacable y se mostrara con toda dureza la lucha de clases.

El empleo, los derechos sociales, los servicios públicos, todo eso por lo que la clase trabajadora ha luchado durante años puede perderse ante la voracidad de los poderosos para reajustar y mantener sus beneficios. Y la gente ha entendido que la exclusión social, la pobreza o el desahucio de la vivienda, son realidades trágicas que cada vez sentimos más cercanas y que sólo se pueden afrontar desde una respuesta ampliamente alentada y organizada.

Quizás la derecha política y económica contaba demasiado con la resignación y el conformismo, con el desencanto, con el desprecio de lo público;  quizás pensaban que el individualismo, inoculado larga y pacientemente, impediría conjugar los verbos en primera persona del plural… No sabían, como dice Albert Camus, que en los seres humanos hay más cosas dignas de admiración que de desprecio y que aunque el sufrimiento se siente en soledad, es, al mismo tiempo, el sufrimiento de mucha gente y eso trasciende la experiencia personal para convertirla en solidaridad y en capacidad de acción y de lucha.

Todas las movilizaciones en la calle, todas las propuestas en las instituciones, los miles de firmas para tramitar la iniciativa legislativa popular que contempla la dación en pago y el alquiler social para evitar los desahucios y que no quiere aceptar el Gobierno; todas las luchas sectoriales y las alternativas globales tienen un común denominador: la conciencia de formar parte de un proyecto colectivo que une, en cada lucha, a los de abajo, y la esperanza de que podemos cambiar el mundo, manteniendo las conquistas de quienes nos precedieron y marcando nuevos objetivos.

La clase dominante tratará, como siempre, de desactivar esa fuerza con todo tipo de mensajes, pero no podrá impedir que el grito de Sí se puede sea un acto de dignificación humana y una expresión de rebeldía contra la injusticia.

Fdo.: Ana Moreno Soriano.